Āsana, prāṇāyāma y dhyāna: tres puertas hacia lo mismo

Recuerdo una clase muy distinta a las demás. El profesor nos dijo:

“Hoy solo vamos a calentar un poco el cuerpo y después nos quedaremos 20 minutos en una postura.
Ajustad bien, porque cuando empecemos, ya no podréis salir de la postura. Solo observar.”

Al principio me pareció fácil.
Después, aburrido —quedarme tanto tiempo en la misma postura me resultaba incómodo, casi desesperante y mi cabeza empezaba a dar vueltas sin parar queriéndome sacar de la postura continuamente.
Pero poco a poco empecé a entender lo que realmente implicaba: colocarte en la intensidad justa, esa en la que puedes permanecer, respirar y dejar que la mente se enfoque.

Si entras con mucha intensidad, el cuerpo se tensa y la mente solo piensa en salir y no te dejará estar.
El verdadero aprendizaje está en encontrar ese punto donde hay presencia, la intensidad justa donde sientes que trabajas pero que te permite respirar y encontrar calma al mismo tiempo.

Al final, resultó ser una experiencia que me enseñó mucho sobre el verdadero significado de asana y que recomiendo vivir de vez en cuando.

Āsana: mucho más que una postura

Otro concepto que solemos confundir es el de āsana. Se suele traducir como “postura”, pero su sentido profundo va mucho más allá.

En los textos clásicos, āsana se describe como una postura estable y cómoda (sthira sukham āsanam): una posición que permite al cuerpo estar sin dolor para que la mente pueda explorarse durante un tiempo prolongado, sin esfuerzo ni tensión.

Una āsana no se define por su forma externa, sino por lo que despierta en ti: la exploración interior y el silencio. En esencia, una āsana es una postura cómoda, estable y consciente.

Los Yoga Sūtras la definen precisamente así: estable, cómoda y sin esfuerzo. Desde esa mirada, cualquier forma del cuerpo habitada con consciencia puede volverse una verdadera práctica de yoga.

Y la pregunta que me surge —y a la que aún no tengo respuesta, aunque me decantaría por un “sí”— es esta:
¿podría cualquier postura, aunque no sea una āsana tradicional, convertirse en una verdadera āsana?

Prāṇāyāma: mucho más que respiración

Muy a menudo se confunde prāṇāyāma con la simple respiración. Pero el concepto de prāṇāyāma va mucho más allá.

Prāṇāyāma significa literalmente regulación o expansión del aliento vital (prāṇa).
No se trata solo de respirar, sino de sentir y dirigir la energía que circula en el cuerpo, de aprender a moverla con intención y consciencia hacia un objetivo concreto.

Las técnicas de prāṇāyāma son herramientas poderosas para movilizar la energía y transformar el estado físico, mental y emocional. Pero requieren tiempo y práctica: solo así se perciben sus efectos más profundos.

Para poder practicarlas correctamente, el cuerpo físico debe estar libre de tensiones, con suficiente fuerza, estabilidad y flexibilidad para mantener la postura sin esfuerzo.
Y eso es precisamente lo que nos aporta el trabajo de āsana: prepara el cuerpo para que la energía pueda fluir sin obstáculos.

La respiración consciente forma parte del prāṇāyāma, pero no es lo mismo. La respiración consciente es el primer paso: observar el movimiento de la respiración.
Prāṇāyāma comienza cuando esa respiración se vuelve una práctica intencionada, un arte de dirigir la energía vital con precisión y presencia.

Dhyāna: mucho más que visualización

A menudo se confunde la meditación con la visualización.
Sin embargo, la visualización no es meditación, sino una etapa previa. Es una herramienta que nos ayuda a focalizar la mente en un solo punto —una imagen, una sensación, una voz que te guía o simplemente en tu respiración— para ayudarla a no dispersarse.

En los Yoga Sūtras :
Meditar es observar con atención constante, hasta que la mente se vuelve clara y estable. Cuando cesan las distracciones, aparece el silencio natural de la consciencia.
Ese estado —dhyāna— es la puerta hacia el conocimiento de uno mismo y hacia el samādhi.

Cuando la mente aprende a enfocarse sin esfuerzo, entramos en un estado diferente: el estado meditativo. Ya no necesitamos dirigir la atención ni apoyarnos en una visualización; basta con observar la respiración y el movimiento interno de la mente. Ahí reconocemos qué nos dice, cómo reacciona y qué patrones repite… y poco a poco aprendemos a no identificarnos con ellos.

Meditar para mi no es vaciar la mente, sino aprender a escucharla. Es un proceso de observación, de comprensión que finalmente nos lleva al silencio. Un silencio que no es ausencia de pensamientos. No se trata tanto de eliminarlos, sino de no perderte dentro de ellos.

Dicho de otra manera: observo mis pensamientos, pero no me dejo llevar por la emoción que generan, esa emoción que me saca del presente y me arrastra hacia el sufrimiento del pasado o del futuro, donde esa emoción tiene su origen.
Cuando la emoción ya no me saca de mi centro, ya no me arrastra hacia la reacción ni hacia la identificación, entonces, aunque haya ruido mental, permanezco en silencio.

Una metáfora para entenderlo mejor:


Imagina que estás tomando un café con una amiga —la parte de ti que observa— para contarle los problemas que tienes en este momento —tu mente reactiva. Tu amiga te escucha con calma, sin juzgar, sin interrumpir. No reacciona a lo que dices, simplemente te acompaña y te ayuda a ver con más claridad lo que te pasa.
Esa amiga es tu estado meditativo.

Ahora imagina que, en lugar de escucharte, esa amiga empieza a reaccionar:
“¡Pero fíjate cómo te habló! ¡No deberías permitir eso!” Su tono se eleva, se enfada, se enciende tanto como tú. En ese instante, ya no hay observadora ni calma, solo dos mentes reactivas alimentando el mismo conflicto. El foco, la presencia y la comprensión se pierden.
No hay espacio para resolver nada, solo para reaccionar.

Así ocurre también dentro de ti cuando intentas meditar:
Una parte busca observar, pero la otra se deja arrastrar por la emoción.
El camino de la meditación consiste en volver a ser esa amiga que escucha sin reaccionar,
la que está presente, abierta y en silencio.

Āsana, Prāṇāyāma y Dhyāna: tres puertas hacia lo mismo

Las posturas (āsanas), la regulación de la respiración y de la energía vital (prāṇāyāma) y la meditación (dhyāna) no son prácticas separadas. Son tres caminos que te conducen hacia un mismo estado: la presencia consciente.

• En āsana, observas el cuerpo, liberas tensiones y desbloqueas el movimiento.
• En prāṇāyāma, observas la respiración y el flujo de la energía vital.
• En dhyāna, observas la mente y aprendes a no identificarte con ella.

El yoga no busca controlar nada, sino aprender a estar plenamente presente. Cada una de estas prácticas es una puerta diferente hacia la misma experiencia: el silencio interior que aparece cuando la mente deja de luchar y el cuerpo deja de resistirse.

Como decía T. K. V. Desikachar:

El yoga no es un ejercicio, sino una relación.”
Una relación contigo mismo, con tu respiración y con la vida que te habita.

Y como recordaba su maestro, Shri T. Krishnamacharya:

No puedes hacer yoga. El yoga es tu estado natural.
Lo único que puedes hacer son prácticas que te permitan redescubrirlo
.”

Una invitación para ti

La próxima vez que practiques yoga, elige una postura sencilla —una en la que te sientas cómodo—y permanece unos 20 minutos. No busques avanzar ni corregir nada.
Solo siente tu respiración, nota cómo el cuerpo se adapta, como se libera, avanza sin buscarlo y observa qué ocurre en tu mente.

Quizás descubras que el verdadero yoga no está en moverte más, sino en permanecer con consciencia en lo que ya haces.

En el próximo artículo ...
Te contaré cómo, a través de las āsanas, podemos aprender a escuchar el lenguaje del cuerpo y entender lo que intenta contarnos.


🧭 Aquí te comparto lo que tiene sentido para mí en este momento, fruto de mis investigaciones y mi experiencia. Tal vez mañana mi visión cambie. Así que escúchate … y quédate sólo con lo que resuene en ti.

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🧘‍♀️ Respira. Muévete. Libérate.
Todo empieza ahí. (Re)conecta con tu equilibrio corporal.

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